martes, 2 de diciembre de 2014

Siéntate. Observa. Y respira.

Nada más levantarte de la cama, sabes que no va a ser un buen día, ya que tu predisposición es nefasta. Todo sale cruzado, los ánimos están por los suelos, no apetece nada, simplemente que pase el día, y volver a meterse en la cama. Pides a gritos sordos que te escuchen, que te apoyen, que te entiendan y sobre todo que te hagan sonreír. Y si hay suerte eso ocurre. Y sin quererlo, lo agradeces con unas buenas carcajadas, una buena terapia de choque y un aire calmado en el ambiente. 

Bien, cuando eres la persona que anima, escucha, apoya, ayuda y hace sonreír a ese alguien que lo necesita, se convierte en algo reconfortante y recíproco. Hacía mucho tiempo, que no sentía ese "sentirme útil", debido a que estaba agotada mentalmente, intentando levantar cabeza, así que el hecho de levantar la cabeza a otro ser necesitado era totalmente imposible. Pero hoy ha ocurrido. Y volvemos a esa compenetración con mi jefe. Todo se está poniendo en orden, y lo que está pasando no son calentones y sentimientos, si no la reciprocidad de pasar muchas horas seguidas con una persona que te aporta un bien común. Tanto a la hora reconfortar, como de ser reconfortado. Ahora solo recuerdo una situación similar, que me pasó hace algunos años con mi amiga Vir. Nuestra amistad surgió sin querer, en un momento en el que las dos nos necesitábamos, nos apoyábamos, y nos comprendíamos, y para ello queríamos conocernos profundamente, hurgando en nuestras entrañas, para sacar a flote el lado bueno de las cosas. Porque todo tiene su lado bueno, solo hay que poner un poco de ganas y de intención, y posiblemente alguien que nos tienda una mano con fuerza y no la suelte. 
Volvemos a lo mismo de siempre. Necesitamos renovarnos cada cierto tiempo. Eso incluye renovar amistades, sin olvidar a los de siempre. Pero los de siempre están tan cansados de nosotros, como nosotros mismos. Saben como tienen que tratarnos, qué decirnos, y reciclan frases repetidas por los siglos de los siglos. Para ello están las nuevas amistades, que dan un suspiro renovado, un punto de vista ajeno a todo, puesto que nos van conociendo sobre la marcha, y por mucho que les contemos a grandes rasgos nuestra vida, de principio nos crean esa sensación de abrirse los ojos y esbozar una sonrisa sincera  y escuchar como por su boca salen las palabras en su justa medida, sin prisa, pero sin pausa, a plomo. Que sin contarles lo que pasa por tu propia mente, saben de lo que estás hablando. O al revés, notar como estás diciendo lo que esa persona necesita, y queriendo ocultarlo, notas que te lo está agradeciendo, y que se han soltado esas manos que le apretaban el cuello.
Nos metemos en una rutina tan grande, que nos olvidamos de apreciar las pequeñas cosas que tenemos delante, y que hacen que los días merezcan la pena. Perdemos tanto tiempo arrastrando problemas, que vamos haciendo cada vez más grandes esa bola hasta que nos quita el aire. Vivimos demasiado deprisa, sin contar que el tiempo no pasa ni más rápido ni más despacio, simplemente debemos pararnos para disfrutar de un momento. 
Porque hay un momento. Siempre ha un momento.

2 comentarios:

  1. A medida que iba leyendo iba recordando nuestro comienzo hasta que veo mi nombre aparecer xD
    Un besote nena y, como ves, te sigo y te leo esperando que todo te vaya bien.
    :*

    ResponderEliminar