sábado, 30 de agosto de 2014

La importancia de cómo llegamos al ahora, para afrontar lo que vendrá.


Supongamos que cada uno por nuestras experiencias hacemos "cortes" por etapas, a las que diferenciamos a bloque por como evoluciona nuestro carácter a veces a marchas forzadas, a veces por estancamientos.
Mi primera etapa, como la de la gran mayoría supongo, se rompe en los 14 años. En mi caso está muy marcada, porque los recuerdos que tengo hasta ese momento son muy vagos, dado que ahí fue dónde mi equilibrio se rompió brutalmente por la separación de mis padres. Hasta ese momento posiblemente tenía mis pequeñas preocupaciones como cualquier niña, pero si tuviese que analizarme en esos años, no podría hacerlo ya que tengo mis recuerdos basados en pequeños fotogramas que veo muy lejanos y ni si quiera siento como míos. Los recuerdos del cole, de mis campeonatos de kung fú ... lo que sí que me llevo a día de hoy son mis amistades que todavía conservo de esa etapa.





La segunda etapa podríamos ponerla desde los 14 a los 20. Esa adolescencia loca, conflictiva ya de por sí, con sus primeros enamoramientos, sus primeras traiciones de personas, la revolución hormonal básica mezclada con unos cuantos traumas familiares a los cuales nunca les ves fin, y la exaltación de la amistad plena, que con el tiempo acabas comprendiendo que no se pueden tener cientos de amigos, porque ni hay tiempo de mantenerlos, ni todos son verdaderos amigos. Aquí empezamos a crearnos nuestra propia personalidad a base de grandes estacazos y/o a base de grandes momentos. Yo me pasé todos estos años centrándome en ayudar a la gente que tenía cerca, básicamente para no pensar tanto en mi propia vida personal que estaba totalmente descalabrada. Nunca se me olvidará esta frase de la cabeza sacada de la película Amelie, que me dijo alguien que empezó a acompañarme en esta etapa y todavía sigue estando ahí:

"Y de ella... de todos los desarreglos de su vida, quién se ocupa?





Mientras me resignaba a seguir tirando con esta misma cara que se me ponía cada vez que salía por la puerta de casa, me vi con el mejor novio que nunca pude tener, y con que ya no vivía en casa, y todas las situaciones familiares estaban al margen. Durante unos meses, todo lo que importaba era él. Por primera vez en años, había dejado de llorar todos los días, y era feliz. Hasta que me dejó, y esa perfecta estabilidad se fue al garete, y sin duda volví a llorar todos los días durante exactamente unos dos años. Entrada triunfal a los 20. Fue momento de cambiar de etapa. De mis 20 a mis 25 estaba tan cansada de afrontar constantemente batacazos, que me estanqué. No aproveché esos años, como unos padres piensan que estás aprovechándolos, pero personalmente no me arrepiento de nada, y si me diesen la opción de volver atrás, volvería a disfrutarlos del mismo modo. Compartía piso, salía más de lo que debería, disfrutaba del cine y de la música, y dejaba que pasaran los días. Supongo que había madurado tanto a marchas forzadas, que me tocaba echar el freno de mano y frenar en seco. Y eso hice. Aprovechar la época universitaria, sin serlo.





Pero llegaron los 25. Y con ellos mi primer trabajo. Y una de mis mayores torturas amorosas. Todos tenemos primeros trabajos, y torturas amorosas. No es nada nuevo. Pero cuando marcan un antes y un después en tu vida se hace importante. De los 25 a los 29, empiezas a evolucionar , en mi caso, por fin, en relación a la edad que tenía. Aparecen las primeras responsabilidades y empiezas a mirar más por ti que por los demás. Porque al fin y al cabo todos hacemos lo mismo. Tus amistades bien sea por trabajo o por parejas, ya no están siempre para el café o para salir de juerga. Y lo entiendes porque a ti te pasa exactamente lo mismo. Aprendes a saber en quién debes o no debes confiar, andas con pies de plomo, e intentas ir siempre un paso por delante para no llevarte el batacazo. Y a pesar de ello sigues notando zancadillas, pero las caídas no son tan fuertes, y vuelves a levantarte al momento. Y a pesar de todos los años de mierda que has pasado, echas la vista atrás, y ves que sí, que las cosas para ti fueron difíciles, y aprendes que a veces hay que dejar que pase el tiempo, y que hay gente que está peor que tú, y otra que por chorradas supinas está hundida, y eso te hace más fuerte y sentirte más orgullosa. Que no eres de piedra. Pero a veces puedes dar el pego. Cuidas lo que tienes, más en la distancia, pero cuando tienes la ocasión intentas que los demás te valoren. Y lo más importante, empiezas a vivir tu vida, y no la de tus padres ni la de los problemas de los demás. Y sabes que hay que rascar en las esquinas para encontrar las pequeñas cosas que hacen que los días valgan la pena. Y sonríes. Sobre todo, sonríes porque has dejado atrás por fin el pasado.




Y finalizado el pasado, llegamos al presente. A los 29. Me encuentro rescatando el garito dónde 4 años atrás había empezado a trabajar, que estaba cerrado y muerto totalmente. Fue un reto personal ser la gerente y levantarlo tal y cómo están las cosas, y con un jefe invisible que a pesar de no estar tiene la gran capacidad de tocar los cojones y poner zancadillas para que el negocio fuese mal. Zancadilla tras zancadilla, con mucho esfuerzo, conseguí echarlo andar estupendamente. Reto personal conseguido. Y también hundido por mi propio jefe. Así que después de perder casi un año de vida social personal, de romperme la cabeza horas y horas reinventándome a mi misma... actualmente estoy sin trabajo, sin pareja, sin independizarme y a puntito de cumplir los 30. Con una gran personalidad forjada, dejando atrás, todo esto que acabo de contar, sintiéndome muy orgullosa de quién soy, y a dónde he llegado. Pero es muy fácil hablar de lo que ya se sabe, del pasado. Ahora entro en una nueva etapa, en la que estoy totalmente perdida, y no sé a dónde me dirijo.

Y desde aquí comienza mi presente-futuro.



viernes, 29 de agosto de 2014

Dentro de 2 meses todo va a ser igual aunque diferente. Inevitable no pensar en ello bajo las circunstancias actuales.

La preocupación en este caso, no es el paso del tiempo. Es la continuidad entre lo largos y productivos que fueron estos primeros 30 años, y la aceptación de la nueva etapa, que se planta aquí y ahora, sin apenas darme cuenta, sin avisar. Están aquí. Esos 30 años que suenan tan bestias porque están marcados socialmente como una referencia de que a esta edad, deberíamos tener bastante claro el tipo de vida que deberíamos llevar, en comparación con las vidas de nuestros padres. Es el momento de independizarse, casarse, tener hijos y un trabajo estable... o eso es lo se nos pretendía inculcar desde mocosos. Evidentemente, nadie contaba con el factor sorpresa, de que actualmente todo es un caos a la hora de encontrar trabajo. Ahora no vale lo de "haber estudiado", porque aunque se haya hecho, todos estamos igual de jodidos. Pero el tema en sí no es este.
Si hacemos un breve resumen personal, partiendo de la base de que soy hija de padres separados desde los 14, que sólo tuve dos novios formales, de los cuales de uno apenas tengo recuerdos, y del otro podría contar con pelos y señales todos los días que pasé con él hasta hoy, componiendo una bonita y curiosa historia, y todos mis demás amoríos fueron basados en mentiras, engaños, y en ser una experta en ser "la otra", podríamos decir, que llevo 10 años sin novio, y que por algo será. Por gilipollas posiblemente.
No es un tema que me preocupe excesivamente el quedarme sola, o incluso no tener hijos, porque es algo que desde nunca me he planteado. Siempre estuve muy ocupada en lidiar con situaciones personales conflictivas, como para perder el tiempo pensando en el día de mi boda o en como le llamaré a mis hijos en caso de que supiese cuántos querría tener. Aunque suene raro, y la mayoría de las tías en algún momento, unas más que otras, se planteen este dilema existencial, para mi nunca fue relevante.
En cuanto al trabajo, a pesar de siempre tener un pánico atroz a todo lo que me propongo, soy consciente de que tengo ciertas cualidades que son espléndidas para dedicarme a algo que realmente me flipa más de lo que yo misma puedo ser consciente. No me preocupa a día de hoy estar sin trabajo, ya que el último año en este sentido, fue espectacularmente positivo.

Y después de esta no tan breve introducción, viene el planteamiento de la llegada de la nueva etapa, de los 30. A simple vista, puede resultar un absurdo tener este planteamiento. Supongamos que hasta ahora, todo se hacía difícil, a veces demasiado, y en ciertas edades tendemos a ser catastróficos con simples problemas efímeros. Es lo normal, ya que estamos forjando nuestra propia personalidad en función de todos los factores sorpresa que a cada uno nos van llegando. En muchas ocasiones, cuando conozco a gente, y les cuento pequeñas pinceladas personales, veo salir esa típica cara de póker, de no saber qué decir. Prefiero esa cara, a no la cara de lástima. Que alguien sienta lástima por ti, es lo peor del mundo, porque realmente es como que notan que la situación no está afrontada. Siempre fui de masticar, digerir, y comentar tiempo después. Precisamente para evitar esas reacciones, que son normales, pero que a mi, personalmente nunca me ayudaron. Por lo tanto aprendí a contar mis problemas como anécdotas. No a pedir consejo. Si no a contarlos cuando yo ya los tenía masticados.
 Supongo que quería enfocar este blog como lo que sería "la entrada a una nueva época", pero no podía evitar dar unas pequeñas, mínimas pinceladas, de quién soy, para poder seguir avanzando.

Y todo lo que quería decir, cuando empecé a escribir este post, se resumen en esto:
Esa extraña sensación de ver llegar los 30, y sentir a partes iguales que no los tienes pero que están ahí, y a pesar de por una vez, sentirte que vives la edad que te corresponde, ni más madura ni menos, crees que tienes toda una vida por delante. Y la tienes, pero no del mismo modo del cual la estabas viviendo, si no que es una etapa totalmente nueva en donde los problemas son de verdad, eres más fuerte de lo que crees, y los miedos pueden llegar a controlarse. Y todo se soluciona con: hay un momento, siempre hay un momento, y cuando se va, aparece otro, y así contínuamente. Porque ni las cosas buenas ni las malas están permanentes, si no que van cambiando y se van modificando en función de nuestra propia evolución.