Mi primera etapa, como la de la gran mayoría supongo, se rompe en los 14 años. En mi caso está muy marcada, porque los recuerdos que tengo hasta ese momento son muy vagos, dado que ahí fue dónde mi equilibrio se rompió brutalmente por la separación de mis padres. Hasta ese momento posiblemente tenía mis pequeñas preocupaciones como cualquier niña, pero si tuviese que analizarme en esos años, no podría hacerlo ya que tengo mis recuerdos basados en pequeños fotogramas que veo muy lejanos y ni si quiera siento como míos. Los recuerdos del cole, de mis campeonatos de kung fú ... lo que sí que me llevo a día de hoy son mis amistades que todavía conservo de esa etapa.
La segunda etapa podríamos ponerla desde los 14 a los 20. Esa adolescencia loca, conflictiva ya de por sí, con sus primeros enamoramientos, sus primeras traiciones de personas, la revolución hormonal básica mezclada con unos cuantos traumas familiares a los cuales nunca les ves fin, y la exaltación de la amistad plena, que con el tiempo acabas comprendiendo que no se pueden tener cientos de amigos, porque ni hay tiempo de mantenerlos, ni todos son verdaderos amigos. Aquí empezamos a crearnos nuestra propia personalidad a base de grandes estacazos y/o a base de grandes momentos. Yo me pasé todos estos años centrándome en ayudar a la gente que tenía cerca, básicamente para no pensar tanto en mi propia vida personal que estaba totalmente descalabrada. Nunca se me olvidará esta frase de la cabeza sacada de la película Amelie, que me dijo alguien que empezó a acompañarme en esta etapa y todavía sigue estando ahí:
"Y de ella... de todos los desarreglos de su vida, quién se ocupa?

Mientras me resignaba a seguir tirando con esta misma cara que se me ponía cada vez que salía por la puerta de casa, me vi con el mejor novio que nunca pude tener, y con que ya no vivía en casa, y todas las situaciones familiares estaban al margen. Durante unos meses, todo lo que importaba era él. Por primera vez en años, había dejado de llorar todos los días, y era feliz. Hasta que me dejó, y esa perfecta estabilidad se fue al garete, y sin duda volví a llorar todos los días durante exactamente unos dos años. Entrada triunfal a los 20. Fue momento de cambiar de etapa. De mis 20 a mis 25 estaba tan cansada de afrontar constantemente batacazos, que me estanqué. No aproveché esos años, como unos padres piensan que estás aprovechándolos, pero personalmente no me arrepiento de nada, y si me diesen la opción de volver atrás, volvería a disfrutarlos del mismo modo. Compartía piso, salía más de lo que debería, disfrutaba del cine y de la música, y dejaba que pasaran los días. Supongo que había madurado tanto a marchas forzadas, que me tocaba echar el freno de mano y frenar en seco. Y eso hice. Aprovechar la época universitaria, sin serlo.

Pero llegaron los 25. Y con ellos mi primer trabajo. Y una de mis mayores torturas amorosas. Todos tenemos primeros trabajos, y torturas amorosas. No es nada nuevo. Pero cuando marcan un antes y un después en tu vida se hace importante. De los 25 a los 29, empiezas a evolucionar , en mi caso, por fin, en relación a la edad que tenía. Aparecen las primeras responsabilidades y empiezas a mirar más por ti que por los demás. Porque al fin y al cabo todos hacemos lo mismo. Tus amistades bien sea por trabajo o por parejas, ya no están siempre para el café o para salir de juerga. Y lo entiendes porque a ti te pasa exactamente lo mismo. Aprendes a saber en quién debes o no debes confiar, andas con pies de plomo, e intentas ir siempre un paso por delante para no llevarte el batacazo. Y a pesar de ello sigues notando zancadillas, pero las caídas no son tan fuertes, y vuelves a levantarte al momento. Y a pesar de todos los años de mierda que has pasado, echas la vista atrás, y ves que sí, que las cosas para ti fueron difíciles, y aprendes que a veces hay que dejar que pase el tiempo, y que hay gente que está peor que tú, y otra que por chorradas supinas está hundida, y eso te hace más fuerte y sentirte más orgullosa. Que no eres de piedra. Pero a veces puedes dar el pego. Cuidas lo que tienes, más en la distancia, pero cuando tienes la ocasión intentas que los demás te valoren. Y lo más importante, empiezas a vivir tu vida, y no la de tus padres ni la de los problemas de los demás. Y sabes que hay que rascar en las esquinas para encontrar las pequeñas cosas que hacen que los días valgan la pena. Y sonríes. Sobre todo, sonríes porque has dejado atrás por fin el pasado.
Y finalizado el pasado, llegamos al presente. A los 29. Me encuentro rescatando el garito dónde 4 años atrás había empezado a trabajar, que estaba cerrado y muerto totalmente. Fue un reto personal ser la gerente y levantarlo tal y cómo están las cosas, y con un jefe invisible que a pesar de no estar tiene la gran capacidad de tocar los cojones y poner zancadillas para que el negocio fuese mal. Zancadilla tras zancadilla, con mucho esfuerzo, conseguí echarlo andar estupendamente. Reto personal conseguido. Y también hundido por mi propio jefe. Así que después de perder casi un año de vida social personal, de romperme la cabeza horas y horas reinventándome a mi misma... actualmente estoy sin trabajo, sin pareja, sin independizarme y a puntito de cumplir los 30. Con una gran personalidad forjada, dejando atrás, todo esto que acabo de contar, sintiéndome muy orgullosa de quién soy, y a dónde he llegado. Pero es muy fácil hablar de lo que ya se sabe, del pasado. Ahora entro en una nueva etapa, en la que estoy totalmente perdida, y no sé a dónde me dirijo.
Y desde aquí comienza mi presente-futuro.
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